¿Y tú, qué cuidas?

¿Y tú, qué cuidas?

Tokyo. Foto: Sergio Martín de Blas y Atxu Amann.

De toda la vida: de toda la vida de Dios. Así va esto; siempre ha sido así. PUES NO.
Confundir lo usual con lo normativo, lo normal con lo biológico, lo lógico con lo adecuado y lo necesario con lo operativo, solo contribuye a enmarañar situaciones y confundir al mundo en general.

Peinar la historia a contrapelo, detectando aquellos momentos en los que aparece la propiedad privada y el proletariado, en los que lo público y lo privado se introducen como términos necesarios, excluyentes y complementarios, que se traducen espacialmente en una ciudad y una casa, recorrida por hombres y habitada por una mujer respectivamente, facilita evidentemente asumir la realidad sin preguntas.

Que la mujer haya estado en casa realizando labores de reproducción y el hombre fuera produciendo, no se debe a una diversidad de capacidades y necesidades ni por supuesto a la diferencia en los genitales, sino a un conflicto de intereses, a un acuerdo no revisado y a la ausencia de métodos anticonceptivos. Que las labores del cuidado de la casa y sus habitantes sean gratuitas y el trabajo fuera sea remunerado evidencia la intencionalidad: el capitalismo nunca ha pagado por los cuidados.

Por otra parte, la familia ya no es el referente. Vivir juntos solo es posible si existe la posibilidad de vivir sola, como acción disruptiva emergente que pone a la lógica reproductiva asociada a la vivienda en cuestión. Cuando el espacio ya no separa la producción de la reproducción, no solo evidencia el rol político de la reproducción dentro de la producción, sino que permite la organización de la producción y la reproducción. A la vez se politiza el espacio doméstico como esfera pública, destruyendo las tipologías e incluyendo diferentes formas de vida que ya no están limitadas a los muros de la casa, sino reorganizadas y abiertas a la ciudad.

Aunque la visión del ser humano ha sido dualista desde hace mucho, la lucha política ha consistido en ver críticamente las dos perspectivas a la vez, ya que cada una de ellas revela al mismo tiempo las dominaciones y las posibilidades.

Los dualismos orgánicos y jerárquicos que controlan el discurso desde Aristóteles en Occidente están lentamente siendo tecnodigeridos. Las dicotomías entre la mente y el cuerpo, lo animal y lo humano, el organismo y la máquina, lo público y lo privado, los hombres y las mujeres están en entredicho. Las propias ciudades se componen de una miríada de escenarios cotidianos donde la compleja interrelación y las recíprocas influencias entre la gestión del territorio y del espacio urbano – la macroescala – por un lado, y las redes de actividades y desplazamientos relacionados con lo doméstico – la microescala – por el otro, ya no se pueden ignorar: tienen impactantes recaídas a nivel social y político. Cada vez más, gracias a los nuevos hábitos impulsados por las nuevas tecnologías y la expansión de los dispositivos, los propios límites entre lo público y lo privado se difuminan y lo doméstico ya no es sinónimo de protección, cuidado o intimidad, siendo estas mismas características también atributos y prerrogativas de un espacio urbano diferente.

La cosmopolita doméstica introduce lo público y lo laboral en casa a través de internet mientras el tiempo doméstico se expande en la ciudad a través de nuevos espacios que no se corresponden con los equipamientos del urbanismo del siglo XX y convierten a la ciudad en el verdadero laboratorio de prácticas informales: el tiempo es la variable a considerar en estas transformaciones que abre la posibilidad de pensar e imaginar atmósferas fuera de las lógicas establecidas.

Aunque nos comportamos como si fuéramos inmortales, el ciclo de vida del ser humano abarca desde el nacimiento hasta la muerte. La diversidad funcional define la capacidad del ser humano como un factor abierto, que abarca condiciones variables en el tiempo en donde la dependencia es, por definición, la situación en la que una persona requiere de otras.

Sin embargo, el diseño de nuestras ciudades, desde una falsa neutralidad, solo ha atendido al ser humano individual, varón, autónomo y motorizado: un sujeto político que sirve de referencia a las constituciones democráticas contemporáneas que toma decisiones por sí mismo y está en condiciones de ejecutarlas, produciendo espacios y ritmos limitados y excluyentes para el resto de los seres.

Frente a dicha ciudad contemporánea con tendencia a la acelerada Smart city, la ciudad inclusiva se sincroniza al ritmo de los más lentos y tiende a ser cuidadora. El propio concepto de cuidados se expande, incluyendo tanto prácticas concretas como sistemas de valores emocionales, relacionales, afectivos y éticos. Una ciudad cuidadora responde, por tanto, a la necesidad básica de cuidar y ser cuidado; y lo hace evidentemente desde el feminismo, desde la ecología social y desde la economía feminista, que prioriza el mantenimiento de las personas sobre los mercados, pasando por una redistribución de las responsabilidades sobre los cuidados y su reorganización en el marco de una ética más sostenible de la vida. De este modo se dinamitan los pilares que sustentan las dicotomías heteropatriarcales que han producido el espacio construido en el que vivimos y que han provocado que la feminización – y la consecuente sobrecarga para las mujeres – de los cuidados se acompañara de su invisibilización y precarización.

La ciudad cuidadora permite que cada ciudadana, sola o acompañada, en cualquier etapa de su vida, disfrute una cotidianidad que se desarrolla a través de ámbitos no contaminados, que lejos de la lógica mercantilista del consumo, facilitan sin obstáculos el movimiento autónomo en recorridos amables y la estancia de modo seguro durante las 24 horas, ofreciendo una red de sostenimiento de la vida ligada tanto a la Naturaleza como a la tecnología, que incluye lugares donde orinar, beber agua, descansar a la sombra, conectarse al wifi y resguardarse de la lluvia. La ciudad cuidadora permite colmar la brecha entre el reconocimiento “formal” de los derechos – alcanzado por medio de códigos y soluciones legislativas – y la realidad de los “hechos”, que no han cambiado de manera profunda las prácticas cotidianas, sociales y de vida. Al mismo tiempo, permite llenar el vacío entre el Estado del Bienestar que se derrumba y el mercado libre que intenta hacerse con todos los servicios relacionados con muchas de nuestras necesidades básicas. En la ciudad cuidadora, los cuidados, como necesidad básica que permiten la sostenibilidad de la vida, están en el centro del enfoque: la esfera reproductiva, ya fuera del hogar, construye una ciudad donde “se está como en casa”, pero sin esclavas.

Sin comentarios

Escribe un comentario

Atxu Amann y Serafina Amoroso

Atxu Amann, investigadora y docente en la escuela pública de la UPM , trabajadora en el estudio Temperaturas extremas (amann_canovas- maruri) y madre. Experta en la comunicación arquitectónica, focaliza su actividad como conferenciante desde una actitud feminista y animalista que se complementa con una práctica e investigación en torno a la docencia disruptiva y propuestas para una domesticidad expandida en una ciudad cuidadora.

amann-canovas-maruri.es

 

Serafina Amoroso es Doctora Arquitecta e investigadora independiente cuyos estudios recientes se centran en los enfoques de género y sus relaciones con el espacio y la educación. Profesora participante en el Visiting Teacher’s Programme de la AA en Londres (2014). Coorganizadora del congreso internacional MORE (https://morecongress.tumblr.com/). Hasta abril de 2019, profesora asociada de Proyectos en la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Florencia.

linkedin.com/in/serafina-amoroso