La arquitectura que nos cuida, para que nos cuidemos

La arquitectura que nos cuida, para que nos cuidemos

Covivienda

De la “máquina de vivir” al “organismo de vida”

La esencia de la arquitectura la podemos encontrar en una cabaña, en ese abrigo que se configura como nuestra tercera piel, que nos protege y cuida. Si analizamos la evolución de la arquitectura hasta ahora, en muchas ocasiones se ha olvidado de ese sentido primigenio. En muchos casos, ha ido a casos extremos, donde la arquitectura llega a convertirse en un agente agresor que dificulta las necesidades esenciales de la vida de las personas. 

Con esta afirmación me refiero, por ejemplo, a muchos edificios con alto contenido en radón. Un gas que es el segundo factor de riesgo del cáncer de pulmón y el primero entre personas no fumadoras, para el que actualmente no existe normativa. También me refiero a viviendas con pésimas calidades de aire interior, con alto contenido de compuestos orgánicos volátiles, que tienen grandes emisiones de CO2 y otros gases al exterior que estropean las demás pieles que nos protegen y que trasladan sus efectos negativos afectando sobre la capa de ozono, el calentamiento global o la eutrofización de las aguas, por mencionar algunos. 

Pero en este artículo no nos vamos a referir a la reconstrucción de nuestra relación con el medioambiente a través de la arquitectura, factor fundamental para cuidarnos y para cuidar el planeta. Vamos a abordar la importancia de desarrollar una arquitectura que se preocupe de las relaciones entre las personas y favorezca una comunidad proactiva y resiliente.


Tras visitar numerosos salones inmobiliarios, cada vez me resulta más evidente que el modelo de la vivienda en España no ha evolucionado mucho en los últimos 40 años… Más allá de toda la innovación en las herramientas de venta y marketing tecnológico, de los 3D, las gafas y las pantallas de última generación. No sé si es porque perdí la tele en una mudanza hace 15 años y no he vuelto a tener, pero esta fábula supertecnológica para vender el  mismo modelo de siempre no me atrae lo más mínimo. 

La arquitectura se ha limitado a diseñar contenedores de individualidades o pequeños núcleos familiares más bonitos o más feos, con más flexibilidad o menos, pero sin mojarse en el hecho de replantear las relaciones entre las personas desde una perspectiva más radical. En España, hay casi 5 millones de personas que viven solas. Esto significa un 25% del total de hogares y más del 10% de la población española, afectando en mucha mayor medida a población de mayor edad. La Organización Mundial de la Salud alerta de que la soledad no deseada es la epidemia de nuestra era. Y podríamos hablar de muchas causas: la tecnología, internet, el replanteamiento de la vida familiar, las separaciones o incluso de las soledades elegidas como forma de vida. 

Sea impuesta o elegida, la soledad es una tendencia, nuestra relaciones cada vez son más líquidas. Es una realidad en la que la arquitectura también tiene responsabilidad. Vamos a pasar de una población urbana del 50% al 70% en los próximos años, cada vez vivimos más juntos y con mayor grado de soledad, dos tendencias que ya son realidades indiscutibles.

No es una cuestión novedosa, han pasado 10 años desde que en 2009 Elionor Ostrom recibió el premio Nobel de Economía por su trabajo sobre la evolución histórica de los bienes comunes. La politóloga estadounidense abrió el camino para una innumerable muestra de textos y reflexiones sobre lo común, el procomún, los bienes comunes, la economía del bien común, la cultura colaborativa, los coworking, los cohousing y el COeverything. Hoy creo que estamos en un momento importante de rescate de ciertos vínculos sociales que son innatos a nuestra especie. No sé si es la “Revolución Empática” que promulgaba Jeremy Rifkin o una especie de preparación natural y autopoiética al colapso, como preconizan las corrientes más dramáticas o realistas (quién sabe) de la ecología profunda. 

Este despertar de lo común en poco menos de una década es una reacción al capitalismo individualista y es parte de este nuevo paradigma postcapitalista, más o menos catastrofista, pero seguro que transformador. En ese contexto, la arquitectura tiene mucho que decir. Como ha ido sucediendo a lo largo de la historia, la arquitectura siempre ha sabido leer los grandes cambios de la humanidad y ha aportado soluciones a nuestras formas de vivir.

El paradigma del que venimos -y que todavía conserva su vigencia- es predominantemente científico, basado en una concepción mecanicista del mundo, donde lo importante son las partes, relegando el todo a otro plano (método analítico), donde se da la separación del sujeto-objeto (dualismo cartesiano) y un tremendo reduccionismo a todo lo interpretable por la física. Una física que nos ha llevado a descubrir y entender muchas cosas, pero que se ha dado de frente con otras muchas como las ciencias sociales.

Pensar una organización o pensar la sociedad como una máquina ha sido un error del que nos hemos dado cuenta con el tiempo. Pensar la vivienda como una “máquina de habitar” -que decía Le Corbusier- ha sido otro gran fallo del que nos va a costar salir. Tanto las organizaciones como los edificios de viviendas tienen una componente social que desborda un paradigma mecanicista incapaz de dar respuestas a las necesidades psicosociales, que tienen más que ver con un paradigma holístico de pensamiento sistémico, donde entran en juego muchas variables.

En esta nueva época, la arquitectura tiene la responsabilidad de generar estructuras que faciliten o posibiliten las relaciones, que propicien las conexiones de esas soledades impuestas o elegidas.

Y digo que propicien porque no tiene toda la responsabilidad en que lleguen a ocurrir, pero sí en crear el tablero de juego para que sean posibles. En este caso, el diseño de un manual de uso y disfrute del edificio, talleres de construcción de lo común, la definición de roles, dinámicas sociales y facilitación; y la cultura de resolución de conflictos son esenciales. Si no existe la posibilidad, si la arquitectura bloquea este punto de partida, es difícil que podamos construir estructuras sociales proactivas y resilientes que sepan construir un equilibrio entre lo privado y lo común, abriendo posibilidades de cuidados que son esenciales para nuestras sociedades.  

Además de construir esta relación de respeto entre lo privado y lo común, también se puede y debe reconstruir una relación proactiva con la ciudad, con el barrio, es decir, con lo público. A la postre, la arquitectura también tiene la responsabilidad de reconstruir relaciones entre las personas, tiene que dar respuesta en cuestiones de relaciones sociales.

Nos imaginamos unos edificios que son capaces de producir tanta energía como consumen, que reciclan sus aguas, aprovechan sus residuos orgánicos, que tienen espacios de vida común, que crean relaciones, que construyen vida, que se desmontan y se transforman, que tienen identidad física y digital, que se comunican con la ciudad, con el ciberespacio, que son capaces de producir alimentos a través de sistemas agrovoltaicos e hidropónicos y que son resilientes frente a crisis energéticas, a cambios climáticos y otras agresiones que podamos sufrir en el futuro. 

Se trata de superar el cambio de modelo y asumir la transformación de los edificios desde esas “máquinas de vivir” al nuevo paradigma de los “organismos de vida”. Unos organismos de vida para los que cada vez aparecen nuevos significantes -(e)cohousing, coliving sostenible, o covivienda ecológica- que desde la arquitectura responsable debemos reivindicar como espacios de posibilidad para los cuidados.

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Iñaki Alonso

Iñaki Alonso, arquitecto por la ETSAM desde 1998, es fundador y CEO del estudio sAtt, dedicado al desarrollo de proyectos de arquitectura contemporánea con criterios sociales y ecológicos.

Es presidente de la Asociación para la medición y difusión de la Ecología en la arquitectura, el Ecómetro, un sistema de medición de los parámetros de ecología. Y además, es fundador y expresidente de Sannas, asociación de empresas Triple balance.